La Voz que me Enseñó a Leer el Mundo

La autora recuerda cómo su madre, a pesar de no haber estudiado letras, cultivó su amor por la lectura desde la infancia. Compartieron momentos de intimidad a través de las historias, lo que le enseñó a ver la lectura como un acto de amor y conexión. El legado de la lectura, según Cabrejo, transforma vidas.

Mtra. Fabiola Pech

Desde antes de saber hablar, fui una niña inquieta, curiosa, siempre en movimiento. Mi madre, que solo pudo cursar la primaria, descubrió pronto que su voz tenía un poder que los juguetes no: lograba apaciguar mi energía. Me hablaba mientras cocinaba o viajábamos en transporte público, y más tarde me leía cuentos que encontraba en los puestos de periódicos. No había tiempo, ni biblioteca en casa, pero sí una certeza: la palabra podía cobijarnos. Hoy la recuerdo, cansada después del trabajo, rodeándome con un brazo mientras sostenía el libro con el otro; y yo, tocándole la cara, intentaba leer en sus ojos el significado de las historias que me regalaba.

Aquellos momentos fueron mi primer encuentro con el misterio del lenguaje. Como afirma Cabrejo (2001), “La lectura comienza antes de los textos escritos”, porque el rostro de la madre es el primer libro y su voz, la primera narración que despierta el pensamiento. En sus palabras entendí que leer no se limita a descifrar signos, sino a reconocer sentidos. Cada gesto, cada tono, cada pausa de mi madre era una forma de lectura del mundo. Cabrejo explica que esta experiencia temprana “permite al niño situarse como un pequeño sujeto en medio del mundo complejo de la intersubjetividad”. Y así fue: en su voz, comencé a reconocerme.

Mi madre nunca estudió letras, pero es una lectora voraz. A sus 74 años, su mirada aún brilla cuando descubre un libro infantil o juvenil en mi biblioteca, esa que me inspiró a tener al compartir lecturas conmigo desde que era niña. A veces reímos juntas por alguna historia o compartimos la tristeza que nos deja otra. Leer se ha convertido en un lazo que atraviesa el tiempo: un diálogo silencioso entre la mujer que me enseñó a mirar y la hija que sigue aprendiendo a nombrar. Como dice Cabrejo, “toda lectura es un acto de amor, porque pone en movimiento el pensamiento del otro al mismo tiempo que el propio”. Eso es exactamente lo que sucede cada vez que abrimos un libro: nos pensamos mutuamente, nos reencontramos.

Comprendo hoy que no se necesitan grandes recursos económicos ni largas horas para alimentar el alma con lecturas. Basta una historia compartida, un momento de escucha, una palabra dicha con ternura. La lectura es una forma de acompañamiento profundo: un espejo donde los niños aprenden a verse, a sentir y a comprender. Cabrejo recuerda que leerle a los niños “les permite descubrir que los textos tienen un sentido, cantidad de sentidos, y que cada sujeto debe trabajar un poco para llegar a construirlo”. Esa búsqueda del sentido empieza en casa, con el eco de una voz que confía en la palabra.

Hoy, cuando observo a mi madre hojeando mis libros, sé que la semilla sigue viva. Ella me enseñó que la lectura no necesita permiso, solo disposición; que cada cuento compartido es una forma de amor; que la voz humana puede ser tan poderosa como una biblioteca entera. Y en cada clase, en cada encuentro con mis estudiantes o con los más pequeños, intento transmitir ese legado: leer como quien abraza, leer como quien siembra.

Les comparto el artículo completo de Evelio Cabrejo-Parra, convencida de que sus palabras pueden encender nuevas voces lectoras. Ojalá muchos padres, abuelos, hermanos, tíos y maestros decidan convertirse en mediadores de lectura para los niños que habitan a su alrededor. Porque cada historia contada —por pequeña que parezca— tiene el poder de transformar una vida, de despertar la imaginación dormida y de recordarnos que leer es, en esencia, un acto de humanidad compartida.

Referencias

Cabrejo-Parra, E. (2001). La lectura comienza antes de los textos escritos. https://share.google/YFBLxvYRybrOmRR27

Bienvenida a Lecturas que Germinan